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Por: Frank Bracho Claves para una longevidad
exitosa
Publicado en “Quien es Quien en
Naturismo”, Feb./Marzo 2001
Con profundo agradecimiento, amor
y reverencia a todas las sabias personas mayores,
bien que se hayan ido ò aún estén con nosotros; por
todo lo que nos han enseñado en la vida.
Algunos de los lectores se sorprenderán del término
“Divino Tesoro” aplicado a la vejez, por cuanto
normalmente se aplica exclusivamente a la juventud.
La razón, por supuesto, es ex-professo, pues este
trabajo es una apología de la hoy tan mala entendida
y poca apreciada vejez. Ya en Venezuela cerca de 1
200 000 personas superan los 60 años; en un futuro
serán muchos más; y, en definitiva, si sobrevivimos
las etapas previas, todos algún día también seremos
viejos. En el Norte industrializado, el porcentaje
de mayores es mucho más alto: en Estados Unidos por
ejemplo, se estima cercano a los 35 millones de
personas, mucho más que toda la población de
Venezuela.
En cuanto al tema que nos ocupa, lo primero que
tenemos que señalar es que para tener una vejez
exitosa hay que tener una adultez, juventud e
infancia exitosas.
La calidad de vida de todo ser humano, a su vez,
está íntimamente ligada con la herencia genética de
los padres y los valores inculcados por éstos sobre
él. El entorno familiar social y ambiental también
cuentan mucho. Cada individuo es un cumulativo de
efectos y, con su acción presente, a su vez, produce
nuevos efectos futuros. Para morir bien hay que
vivir bien.
La vejez pues, no puede ser analizada en aislamiento
de todos los factores en que se produce. La vejez es
una etapa natural del incesante ciclo de gestación,
desarrollo, maduración y declinación que caracteriza
al proceso de la vida. Por tanto, la vejez debe ser
encarada con tal concepción integral y en base al
respeto a las leyes naturales. El éxito de la vejez
estriba en poder sintonizarse con lo anterior.
En su sabio “quita y pone, la naturaleza, a cambio
de la declinación física, le da a la vejez la
posibilidad del don de una mayor sabiduría. En todas
las sociedades tradicionales del mundo, se ha
estimado y reverenciado las sabidurías de los
mayores. En un continente de relativa mayor
tradición que otros como Asia, aún se considera en
muchos de sus países como algo natural y conveniente
tener jefes de estado octogenarios: la sabiduría
atribuida a la edad mayor inspira confianza y
estima. En la tradición china, los cumpleaños solo
se empiezan a celebrar a partir de los 50, en la
creencia de que la celebración cabe solo cuando se
tiene una obra importante que mostrar, lo que se
vincula a la edad mayor. En la tradición indígena a
nivel mundial, es común referirse a los sabios o
chamanes con términos como “ancianos” o “abuelos”.
Ante todo lo anterior, cuán distinto pues, se ve a
la vejez en la sociedad moderna; pareciera que los
viejos no calzan en ella. Tiende a vérseles más
bien, como “anticuados” o como una “carga”. La
modernidad rinde más bien culto a la juventud y a lo
nuevo, privilegiando los valores materiales sobre
los espirituales. Las presiones del materialismo
competitivo moderno han hecho, además seria mella en
la integridad familiar: poco queda de las vibrantes
familias ampliadas del pasado, extendidas, más allá
de padres e hijos, a abuelos, nietos y primos, todos
en estrecha comunión. Aún la elemental familia
nuclear (sólo padres e hijos) se ha visto
fragmentada. Como resultado de todo esto, ha surgido
en el mundo industrializado la anti-natura
institución de los albergues de ancianos o “ancianatos”,
especie de depósitos a donde van a parar seres
humanos por no tener familias que los puedan atender
-privando a los ancianos de su necesidad de calor
humano normal del complementario ambiente multi-edad
(jóvenes y viejos juntos), y del inherente deseo de
los mayores de transmitir experiencia a los más
jóvenes.
Se dice con frecuencia que hay que agradecerle a los
adelantos médicos modernos el que no estén
permitiendo vivir más años. Ello es sólo una media
verdad; aplicable a períodos relativamente recientes
de la historia humana y a la materialista-urbana
civilización occidental en que nos desenvolvemos.
Para periodos más antiguos y otras culturas, ello no
es necesariamente cierto. Pero aun si aceptamos el
alegato de que, dentro de la actual cultura hoy
podemos aspirar a vivir hasta los 70-80 años, de qué
sirve ello si se muere en medio de la penosa agonía
de un cáncer o una arteriosclerosis, o de la
demencia o decrepitud, o aun peor, en una “sala de
terapia intensiva”, crucificado por tubos y aislado
de los seres queridos y ¿la atención espiritual?.
Demasiados ancianos hoy en día están muriendo de esa
manera.
Por otro lado, el logro de una mayor edad dista de
ser exclusivo de la cultura occidental. Hurgando en
otras tradiciones, por lo demás mas ancestrales,
encontremos no sólo muestras de alta longevidad,
sino, además , en edades superiores a los promedios
de la cultura moderna. Aún más importante se trata
de longevidad placentera o con una auténtica
calidad de vida: en contraste con el caso moderno,
El célebre estudio del Dr. (Médico) Alexander Leaf,
publicado en la revista National Geographic, en su
número de enero de 1973, sobre sociedades célebres
por su longevidad, se concentró en tres culturas
tradicionales rurales (ninguna moderna o urbana),
ubicadas mayormente en lo que hoy se considera
despectivamente como “el Sur subdesarrollado” o
“Tercer Mundo” (no en el “Norte desarrollado”). Los
tres casos fueron: Vilicabamba, en Ecuador, Hunza,
en Pakistán, y Abkhasia, en el Cáucaso, al sureste
de la antigua Unión Soviética.
En Vilicabamba, se encontró una proporción
aproximada de un anciano centenario (mas de 100
años) por cada 100 habitantes, comparada con uno
por, aproximadamente, cada 30.000 en los Estados
Unidos, en ese entonces: O sea, la pequeña
Vilicabamba tenía, proporcionalmente, 300 veces mas
centenarios que Estados Unidos ¿En la región
caucásica, la National Geographic llegó, incluso, a
identificar a un hombre de 168 años de edad, que aun
cabalgaba en caballo y trabajaba la agricultura, al
tiempo que tenía una esposa de 120 años, con quien
había estado casado por 102 años ¿La confesión
siguiente del Dr. Leaf es particularmente
reveladora: “Fue la buena forma en que estaban los
ancianos, mas que su gran edad, lo que me impresionó
más” (volvemos al punto de la importancia de la
calidad por sobre la cantidad).
En los tres casos del estudio, luego de muchas
consideraciones y observaciones, resaltan para el
lector las siguientes 5 claves, a fin de explicar
tan exitosa longevidad: la herencia genética (“la
mayoría de los longevos procedían de padres
longevos” –señala el estudio), una alimentación sana
(mayormente en base a vegetales), agua y aire puro,
ejercicio físico, y sentirse útiles y apreciados por
la comunidad.
El Dr. Keshava Bhat, en su libro “El sentido de la
Vida...”, donde, entre otras cosas, da valiosas
recomendaciones para l a edad mayor, decanta todas
las claves anteriores en el ritmo de ventilación o
de inhalación/exhalación, comparando al ser humano
con algunos animales, y destacando como regla
general que, a mas lento o profundo ritmo
ventilatorio, mayor longevidad. Así, la tortuga,
capaz de vivir hasta 300 años, tiene un ritmo de 5
inhalaciones/exhalaciones por minuto, al ser humano,
capaz de un ritmo de ventilaciones de 20 veces por
minuto, puede vivir hasta 120 años, el perro, no
pasa normalmente de los 12 años, teniendo un
habitual ritmo de 40 veces por minuto. Aún mas,
según el Dr. Bhat, el ser humano incluso tiene
capacidad de ligar un ritmo de 12 ventilaciones por
minuto, lo que le permitiría alcanzar los 200 años
de vida ¡Claro está, tal facultad requeriría de una
vida muy sana y serena!.
Personalmente hemos podido visitar, en 1992, una de
las tres culturas del estudio de National Geographic,
la del valle de Hunza. Constatamos que, pese a la
enorme penetración de la sociedad moderna, gracias a
una gran carretera que desde 1982 había vinculado a
Hunza con el mundo moderno, aun sobrevivían
testimonios vivientes de su célebre longevidad.
Pudimos conocer longevos de 90 años y más, de
rostros rozagantes y curtidos por el diario trabajo
en el campo, así como saber de las fuentes locales
consultadas que la alimentación tradicional de tales
personas se había basado, en efecto, en rubros como
el arroz, verduras, yogur y orejones de albaricoque.
Lamentablemente, en cuanto a la mayor parte de Hunza,
tuvimos que coincidir con el desolador reportaje de
la Revista Integral de julio de 1988, que habíamos
visto antes de nuestra visita: “Los Hunza, el mítico
pueblo aislado en las montañas de Karakorum que no
parecía conocer la vejez ni las enfermedades, ha
caído también en las garras de la civilización. La
construcción de la carretera Karakorum rompió su
secular aislamiento y les llevó azúcar, los
refrescos, y las mismas galletas y chulerías que se
comen en el resto de Pakistán” Una situación similar
han vivido el Cáucaso y Villicabamba. El
advenimiento de la civilización moderna,
contrariamente al estereotipo de inequívoco progreso
con que se le vende, ha caído sobre estas sociedades
como una especie de “sida cultural” que ha
derrumbado su milenariamente probado sistema
inmunológico de buena salud y longevidad.
En Venezuela , hemos visitado también, unos 5 años
atrás, a un lugar de fama longeva: el pueblo de
Gavidia, a unos 3000 metros de altura en los Andes
merideños . La receta de sana longevidad de los
gavireños que pudimos discernir es básicamente la
misma de las poblaciones estudiadas en el artículo
de National Geographic. La alimentación tradicional
se basa en rubros locales como los siguientes:
habas, trigo, papas, hojas de nabo o saní, michurui
(una planta de la zona), y la predilección, en
particular de los gavidianos de consumir un atol o
fororo compuesto de harinas de trigo, habas, maíz,
leche (fresca, de vaca) y panela -un alimento, por
si sólo, prácticamente completo. Por cierto,
hablando de este tipo de alimento, cabe recordar
también su exaltación en una cultura tan
tradicionalmente longeva como la china, tal como lo
reseña el siguiente aserto de Lu You, poeta de la
Dinastía Song, en el siglo XXI: “Todo mundo sueña
con tener una larga vida, sin saber que los métodos
para prolongaría está a nuestro alcance. Yo aprendí
de Wanqiu un método simple: tan solo el consumo de
atoles puede hacerlo a uno inmortal”. Volviendo a
Gaviria, el agua de manantial y aire puros, y el
ejercicio tampoco faltaban, así como la plena
integración de los mayores con la comunidad. Pero,
por lo que pudimos asimismo observar, Gaviria
también ha sufrido en los últimos tiempos un
deteriorante asalto de la actual civilización, a
través, igualmente, de una carretera que lo ha
vinculado al mundo moderno.
En suma, observando los rasgos de la vida moderna, y
contrastándolos con los de las longevas sociedades
tradicionales estudiadas, encontramos que tales
rasgos conspiran, en verdad, contra la longevidad
exitosa, por ser prácticamente lo opuesto a lo sanos
hábitos de las sociedades tradicionales. La
alimentación moderna, además de altamente sesgada
hacia el consumo de carnes y grasas animales, es muy
poco natural, el sedentarismo, en general, es norma
en los hacinados ambientes urbanos, el agua y el
aire puro brillan por su ausencia. y los ancianos
son tempranamente condenados a la “jubilación” o
desactivación de la vida comunitaria o familiar
útil.
Quizás la carencia mas patética de los mayores en la
sociedad moderna sea la espiritual-afectiva, sobre
todo, al castrárseles su inherente misión
existencial de transferir enseñanza, y, por, ende,
de sentirse útiles y apreciados. Quién podía
desconocer, en ese sentido, una complementariedad
tan conmovedoramente perfecta como la del paciente y
sabio abuelo con el nieto inquieto y hambriento de
conocimiento. En cuanto a esto último, es
especialmente revelador la siguiente confesión de
una especialmente querida amiga mayor de 83 años,
hoy ausente pero cuya amistad, por dicha, pudimos
disfrutar por varios años: Yo me llevo muy bien con
los niños. Un día una bisnieta me preguntó “¿Por qué
tu sabes tanto?” Y yo le pregunté por qué me decía
eso. Y ella me dijo: “porque tu siempre contestas a
todas mis preguntas” Y yo le comenté que mis muchos
años y experiencia eran los que me habían hecho
aprender muchas cosas. Sin embargo, se que muchos
padres les piden sus hijos que no les hagan
preguntas “difíciles”, que no quieren responder por
falta de paciencia.
Claro está , la degeneración de la actual sociedad
al tender a producir ancianos insanos, rompe el
ciclo virtuoso natural del abuelo sabio que
automáticamente suscita el respeto y la devoción del
joven, y lo sustituye por el ciclo vicioso del
abuelo “cascarrabias”que suscita el menosprecio o
rechazo del joven. Esto último se refuerza por el
culto a lo nuevo e irreverencia por lo viejo con que
la cultura moderna tiende a “educar” a los jóvenes
de Hoy, olvidando la máxima de que “El estudiante y
el maestro deben siempre recordar que lo nuevo no es
necesariamente la verdad y la verdad no es
necesariamente lo nuevo”, y olvidando los jóvenes,
además, que ellos también terminará en viejos.
Otra muy apreciada amiga mayor, una orgullosa ex
-docente cercana a los 90 años, me brindó el
privilegio de compartir conmigo un escrito que ella
había hecho años atrás sobre un singular tema: el
valor de nuestras manos, tratado por ella en forma
inusitadamente amena y atractiva. Algunos de los
pasajes de su escrito son reproducidos a
continuación: Ahora la máquina reemplaza la mano con
perfección matemática, pero falta en la obra el
calor de lo humano. Es el progreso, el avance de la
técnica que así lo requiere y lo necesita la
humanidad. Pero no dejemos, por el exceso de
servicio, de comodidad, que nuestras manos sean
ineptas, se atrofien, pierdan
habilidad......Nuestras abuelas tejían los
escarpines y hacían la ropita del nuevo bebé,
zurcían las medias , cosían los ruedos, etc....,
manejaban la aguja con destreza. Hoy la juventud
desconoce las técnicas de la costura. El ocio es mal
compañero, el trabajo continuo cansa, la soledad
entristece, pero busquemos algo que nos entretenga
aunque sea efímero. Nuestras manos nos ayudarán y
están siempre prestas a interpretar lo que les
pidamos No manejes un arma , maneja una herramienta
de trabajo. El arma te conduce a una prisión, la
herramienta de poder para alimentarse y vivir
tranquilo y libre. Palabras llenas de la sabiduría
de quien, en carne propia, ha visto muchas cosas
pasar en el tiempo, y tiene el deseo intenso de
compartirlas con los que vienen atrás”.
Viene también a colación para mi, las diferencias en
mi juventud con mi recordada madre cuando, a partir
de una ingenua prepotencia de educación moderna
pretendía yo descalificar la validez de los brebajes
de hierbas que ella solía prepararse, de vez en
cuando, para atender sus afecciones de salud. ¡Que
ironía que años después, en mi edad adulta, yo
validaría , en carne propia y en forma elocuente,
las bondades de la “medicina herbolaria” y el
Naturismo!. Felizmente, tuve oportunidad para
expresarle de diversas maneras, mi “mea culpa” y
reconocimientos, antes de que ella nos dejara, y
hasta llegar a ser un “terapeuta natural” mas
avanzado de loo que ella fue, para asistirle en sus
últimos tiempos –reivindicando lo que ella me había
tratado de enseñar fallidamente durante mi juventud,
y para su beneficio e una etapa en que ella ya no
podía valerse por si sola.
Cabe destacar que no es que la sociedad moderna
carezca de diagnósticos acertados para manejar
correctamente la vejez. El diagnóstico en base a
estudios modernos reseñado en el diario El Universal
del 7-6-98 que anexamos, es elocuente y coincide la
sabiduría tradicional. El problema estriba en las
incongruencias en la práctica, bien por
fragmentación (la gran enfermedad del pensamiento
moderno) o intereses creados que impiden la
coherencia.
La forma en que se encara la vejez en la sociedad
moderna está estrechamente ligada, como sugeríamos
al principio de este análisis, con la forma en que
se encara la muerte. En la cultura moderna se piensa
muy poco en la muerte y, de hecho, se le tiende a
ver como algo ominoso y algo que se niega con
estupor. En verdad, si nos ponemos a pensar, desde
el primer día en que nacemos lo único seguro en todo
lo que tenemos por delante es que vamos a morir.
Todo lo demás en el desenvolvimiento de la vida es
incierto, pero la muerte es inexorable y, a pesar de
todo lo que nos cuidemos, puede incluso ocurrir en
cualquier momento a través de un imprevisto
accidente. Luego, lo inteligente es que no dejemos
de prepararnos para la muerte, aceptándola como la
“otra cara de la moneda” y que, mientras podamos,
vivamos la vida plena y responsablemente.
Esto último de hecho es la mejor preparación para
aumentar las probabilidades de una muerte sana. A la
luz de todo lo anterior, debe entenderse el
siguiente aserto compartido por muchas tradiciones
espirituales: “La muerte es una sabia compañera que
nos recuerda que hoy toca vivir”.
Como lo ha dicho el Dalai Lama en su prólogo al
“Libro Tibetano de la Vida y la Muerte”. ..no
podemos esperar una buena muerte si nuestra vida ha
estado llena de violencia, si nuestra mente ha
estado agitada principalmente por emociones como la
ira. El apego o el miedo. Por tanto, si deseamos
morir bien, hemos de aprender a vivir bien,
manteniendo las esperanza de una muerte apacible,
debemos cultivar la paz en nuestra mente y en
nuestra manera de vivir. El Dr. Obdulio Grubber
Matos, en su libro “Como Vivir Sano y Feliz después
de los 60”, escrito por él a la edad de 74 años, ha
ido mas allá con las siguientes profundas
reflexiones: El espíritu bien cultivado nunca
envejece, ni muchos menos perece. La muerte es solo
una mutación, una transformación, un cambio de
nivel: El hombre, en este plano, tiene la misión de
morir de pie como los árboles, pero solamente en lo
material... El viejo consciente de si mismo ya no es
el mismo, puesto que ha renacido a una vida nueva,
el sabe que la muerte no es sino una transformación,
un cambio de dimensión.
El memorable estudio de la revista National
Geographic sobre las claves de la longevidad exitosa
cierra con un dialogo del autor con una anciana de
110 años. A quien él le pregunta afanosamente la
razón de haber vivido en tan buena salud por tanto
tiempo. La anciana le replicó: No se lo puedo
explicar en términos científicos, pero, simplemente,
parece haber algo especial en la forma en que aquí
vivimos. Se trata del mismo mensaje de fondo del
sabio texto clásico chino “El Verso de los Diez
Ancianos Longevos”, que hemos anexado también a este
trabajo, y en el cual se añaden otras orientaciones
afines a las ya destacadas, tales como el reposo
adecuado, y el abstenerse de vicios como el alcohol
y el tabaco. No hay, pues, una sola fórmula mágica:
se trata de todo un estilo de vida sano, que
comprende, idealmente, toda la trayectoria desde el
embarazo hasta la muerte hasta la muerte, y no sólo
al individuo sino a su entorno social, espiritual y
medio –ambiental, en armonía con las leyes de la
Naturaleza.
Teniendo en cuenta todo lo anterior y el particular
venerable significado de la vejez, así como para
contrapesar a la erradamente nostálgica forma en que
se evoca la frase “Juventud Divino Tesoro”, cabe
recalcar que la vejez también debe ser vista como un
Divino Tesoro, al igual que todas las otras
principales etapas del preciado y sagrado de la Vida
, don brindado por el Creador para nuestro pleno y
responsable disfrute, en cumplimiento de una misión
de trascendencia.
El Prebístero José María Rivolta, por cierto también
un ilustre octogenario que, entre otras cosas,
preside la conocida institución de los Hogares CREA,
expresa lo siguiente enseñanza: “El ave sigue
cantando aunque la rama en que esté posada cruja,
porque ella sabe que tiene alas”. Una sabia forma de
encarar la vejez y la muerte, en su alto
significado, en forma sana, feliz y humana. |