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Por: Ericka Ares CNP 11846
Opa Viktor –abuelo Víctor en Alemán- siempre me
decía: “Si no crece en un árbol, no es bueno para
ti”. Como buen Escandinavo, el respeto por la
naturaleza era simplemente una inclinación natural
en su sistema de valores y forma de concebir la
vida.
Pobre Opa, sus nietos no lo entendíamos y hasta nos
burlábamos de él cuando comía lechosa con cáscara y
semillas, o cambur manzano sin pelar, abstemio de
cadáveres y enlatados, y lanzaba una carcajada
exorcizante al ofrecerle embutidos a la hora del
almuerzo durante nuestras “vacaciones castigo” en
casa de los abuelos en Lecherías hace más de 20
años.
Cuando se trata de conceptos nuevos, o cambios en el
status quo, siempre habrá resistencia, objeción e
incredulidad. Lamentablemente, en el estado de cosas
actual, es imperioso actuar para el cambio y
dejarnos de palabrería. Hoy más que nunca, la
realidad nos golpea con fuerza en la forma de
calentamiento global, deterioro del medio ambiente,
contaminación de las tierras, agua y aire, y, la más
dolorosa de las manifestaciones de la forma
absurdamente artificial como transcurre la vida
moderna, las enfermedades.
Todos y cada uno de nosotros hemos pasado por la
triste experiencia de ver partir a un ser querido
víctima de cáncer, Alzheimer, trastornos
cardiovasculares, entre tantos más. Y es que el
modelo de consumo en boga, no nos deja ver más
arriba del pozo donde nos encontramos. La gran
cantidad de jóvenes y adultos en edad productiva, y
mayores aquejados por enfermedades terribles a pesar
de todos los descubrimientos y gran progreso en el
área de la Medicina, Tecnología y modelos de
desarrollo urbano nos debería llamar a la reflexión
y el cambio radical de paradigmas.
Desde la revolución industrial, los hábitos
alimenticios y modelos de desarrollo principalmente
en el mundo occidental y más recientemente en
locaciones tan “remotas” como Kurdistán, Nepal o
Yemen, han seguido unas líneas conforme a los
intereses de los grandes capitales, llamémoslo
eufemísticamente globalización, y modelos de vida
del primer mundo. Este modelo sigue religiosamente
la generación de riqueza a cualquier costo.
Pesticidas, herbicidas, alteración genética de
animales y plantas, fármacos, productos altamente
refinados, léase tóxicos, y centenar de procesos
industriales todos en una sinfonía compuesta no para
el bienestar de los seres humanos, si no para
incrementar las ventas de quienes lo elaboran.
Nuestra salud está esclavizada al modelo de consumo
en masa y respondemos de manera autómata como meros
consumidores; compramos e ingerimos sin pensar en
las consecuencias del producto en nuestro mayor
tesoro: la salud.
Está tan arraigado el modelo de alimentación
artificial, que el cambio de paradigmas errados
resultará molesto. Tomemos, por ejemplo, una simple
visita al supermercado. La mayoría de los productos
todos muy bien dispuestos para captar al comprador
son tóxicos, unos más otros menos pero ninguno
aporta beneficios excepto la sección de verduras y
frutas, y esto, con la salvedad de que el agricultor
no sea esclavo a su vez de los químicos “aliados”
del agro.
En Europa ya existe un “trend” o inclinación del
colectivo por los productos orgánicos o “Bio”. En
Venezuela, no hemos alcanzado este despertar de
conciencia, y por ende, hay un precio que pagar.
Pero usted puede mejorar su salud evitando carnes,
aceites refinados, productos industriales como
cereales de caja y toda la gama de galletitas,
inclusive aquellas supuestamente integrales pues son
ricas en derivados de la soya, los enlatados; por su
alto contenido de plomo y preservativos, los
embutidos; todos ricos en desechos de matadero,
nitritos, nitratos, colores y sabores artificiales,
las frituras y productos refinados como la harina de
maíz precocida o trigo, las chucherías, refrescos y
jugos artificiales. |