Por: Frank Bracho
Publicado en “Quien es Quien en Naturismo”, Mayo/Junio 2007
La felicidad, esa vieja vital ansia humana, ha
vuelto hoy a la palestra en el mundo. Diversas
encuestas revelan que ha vuelto a ser una ansia
central para la gente. Hay hoy una ávida demanda de
libros, enseñanzas y maestros sobre el tema. El
buscar ser felices esta hoy “de moda”. La gran
carencia de felicidad en el mundo actual lo explica.
Luego de estar buscando satisfacción por tantos
lados el ser humano moderno no se siente mas feliz;
y siente mas bien que ha perdido la brújula para
serlo. ¿En qué hemos fallado? ¿Y cómo podemos
re-enrumbarnos a la felicidad?
La felicidad puede ser entendida como un estado
profundo de bienestar y satisfacción-contentamiento
fundado en nuestra identidad natural. La felicidad
es el pináculo de la realización humana.
A la luz de lo anterior, aún en posesión de muchos
bienes materiales y relaciones sociales, podemos
terminar infelices. Parte de ello puede estar en
tener demasiado apego a todas esas cosas, con lo
cual podemos terminar como “poseedores poseídos”.Cuando
la codicia entra en juego en este proceso, el asunto
se hace mas grave. Como hemos dicho antes, la
codicia es anatema en grado mayor para la felicidad,
pues nunca deja satisfechos a los seres humanos de
los que se posesiona. Como bien lo dijo Gandhi: “El
mundo tiene suficiente para satisfacer las
necesidades de todos, pero no para saciar la codicia
de tan sólo uno”. La codicia nos hace querer
acumular en forma insaciable bienes o dinero con
frecuencia a expensas de las necesidades o el engaño
de otros, en contra de los preceptos del amor, la
compasión y el no dañar la vida. Los bienes
acumulados terminan así convertidos en
“males’’.También se puede ser codicioso en la
cosecha de poder o fama. Las consecuencias son las
mismas.
Otra parte de la explicación sobre el por qué la
posesión de cosas o relaciones puede no
necesariamente hacernos felices podría estar en
la calidad de lo que se tiene o disfruta.
Podemos tener mucho, de pero no de la calidad
necesaria para satisfacernos.
Pero la razón mas importante para explicar el por
qué el tener o disfrutar de cosas no garantiza la
felicidad es el carácter efímero de ellas, lo
que ocasiona que todo apego a las mismas esté
inexorablemente destinado al sufrimiento cuando
éstas desaparezcan como inevitablemente habrán de
hacerlo de nuestra vida. En cuanto a esto último, el
mayor apego de todos puede ser el apego a nuestra a
propia vida física, pues, en verdad, lo único seguro
de ella es que terminará en su propia muerte, sin
que podamos tener la certeza del exacto cuándo y
cómo.
La aparente salud física tampoco garantiza la
felicidad. No somos sólo cuerpo, somos además –y
sobre todo- espíritu. Y si el espíritu
anda mal no hay cuerpo que pueda arreglar el
entuerto. Hay, por ejemplo, vegetarianos que, aún
con todo su culto a la salud física, se comportan en
verdad como “caníbales” pues se “comen” al prójimo e
incluso a si mismos por su mal comportamiento. Por
algo Jesús primero le dijo al inválido -a pesar del
apremio de los familiares para que pusiera a éste a
caminar: “Primeramente que tus pecados te sean
perdonados”; para finalmente luego decirle:
“Ahora si, levántate y anda”; en una elocuente
enseñanza sobre la mayor jerarquía de la sanación
espiritual en relación a la salud física. Toda
enfermedad física en verdad comienza en el terreno
del espíritu; y ninguna enfermedad física en verdad
puede curarse en definitiva si no hay la respectiva
sanación espiritual. Y es que, desde el punto de
vista de poder, lo invisible precede a lo visible;
lo intangible a lo tangible; lo sutil a lo burdo.
Por ello en el naturismo tropical hemos hablado de
dos guías supremas: “Valores Humanos antes que
los valores materiales” y “No dañar en el
pensamiento, la palabra y la acción”. Ideales
tan sublimes que en verdad no debería hablarse, en
propiedad, de “naturistas” sino de “aspirantes
a naturistas”; pues.. quién lo ha logrado?
De lo anterior surge entonces la importancia de
apegarnos sólo a lo trascendente, a lo permanente; y
ello sólo se consigue en el terreno de Dios y en el
terreno del alma, ó, para ponerlo en términos mas
indígenas, de El Gran Espíritu o Creador y del
espíritu de cada uno de nosotros.
De El Creador, y su obra el Cosmos Natural, viene
toda la sabiduría indígena para ser feliz. Y el
resumen principal de tal sabiduría descansa en la
máxima chamánica “Todo es uno y todo está vivo”,
cuyo corolario es entonces la vida responsable sin
dañar –una enseñanza común a todas las grandes
auténticas religiones. La sabiduría natural es
prerrequisito -junto al amor, la compasión, el
respeto por toda vida y sentirnos útiles- para
lograr ser felices. Los aymaras han resumido lo
anterior en su código-filosofía zuma kumaña, que
significa literalmente “vivir segun el orden del
Cosmos”, “vivir en equilibrio”, “vivir bien”.
Separarse del Orden Natural era para el indígena
separarse de la sabiduría. Como lo reconocía la
siguiente declaración del cacique Oglala Sioux Oso
Parado Luther: “Los antiguos dakotas eran sabios.
Ellos sabían que cuando el corazón del hombre se
alejaba de la Naturaleza se endurecía; ellos sabían
que la falta de respeto por otros seres vivientes
conducía pronto a la falta de respeto por los
humanos también. Así que ellos mantenían a sus niños
cerca de la gentil influencia de la Naturaleza”
(Nerburn y Mengelkoch, 1991).
De todo lo anterior se deriva que, para el
alcance de la felicidad, en definitiva, los aspectos
del “Ser”, vinculados a lo trascendente y mas
perenne, son mas importantes que los del “tener”,
vinculados a lo menos trascendente y lo mas
transitorio.
Todo lo anterior nos retrotrae a un aspecto
fundamental de la definición de felicidad, su
conformación con la identidad natural, con lo que
somos de acuerdo a los designios de El Creador, con
nuestra natural misión de vida existencial.
A la luz de lo anterior, adquiere significado
universal la siguiente aguda apreciación de Henry
Steel Commager refiriéndose a la sabiduría perdida:
“Sólo el hombre en estado natural era feliz”.
O, para, para decirlo en sentido inverso, si
realizamos nuestra identidad natural seremos
automáticamente felices, pues, como ha dicho el
quechua Chamalu (Luis Espinoza): “La felicidad
es nuestra condición natural y el principal síntoma
de estar en nuestro sitio”
Para ser feliz, sin embargo, hay que añadir, a la
común misión existencial de vida que tenemos como
humanos y seres vivos conscientes, la misión de vida
individual de cada quien. En relación a esto último
la siguiente aclaración sobre el concepto nawal de
los mayas lo resume muy bien: “..La felicidad
y la realización plena de la vida se obtienen al
cumplir el trabajo o la función encomendada en el
momento de la concepción y el nacimiento..Nadie
viene al mundo porque quiere venir, dicen los
Ancianos, quienes sabiamente aseguran que todos
tenemos una misión que cumplir en la vida. Una papel
que jugar en beneficio de la humanidad. Todo ser
humano tiene un nawal que define una personalidad en
particular y que lo hace diferente a las demás
personas.....la misión de vida dependerá entonces de
sus cualidades, aptitudes, virtudes y defectos,
regidos por su nawal, que no es mas que una
divinidad que ayuda y guía al individuo. El ser
humano no puede renunciar a su misión. Es su don, su
regalo, su responsabilidad, y si renunciara a esa
misión se enfermaría o, lo peor de todo, se moriría”
(Oxlajuj Ajput, 2001).
Somos felices, pues, si cumplimos la misión a la que
estamos destinados como seres humanos, tanto en lo
cósmico como en lo individual. Somos felices, pues,
si simplemente somos lo que nos toca ser segun los
designios del Cosmos o Dios. Y ello constituye un
camino mas que un destino, en el aquí y el ahora.
Para hacer una analogía con el mas sencillo mundo
animal: “el pájaro no canta por estar feliz, está
feliz porque canta”.
Y al ser felices trascendemos, nos liberamos de lo
subalterno y lo perecedero.
Análogamente al pájaro que no teme el momento en que
la rama en que reposa empieza a crujir pues él tiene
alas para volar.
Como las alas a las que podemos apelar cuando nos
llegue la muerte física, porque, como dijo el indio
Seattle, en definitiva:“no hay tal cosa como la
muerte, sino un cambio de mundos”.
Como las alas puestas sobre las figuras humanas
indígenas de la cuidad sagrada de Tiwanaku en
Bolivia o de las rocas de Atures en el Orinoco
venezolano, que nos recuerdan nuestra propia
conexión con la trascendencia. La trascendencia
donde mora la felicidad.
*El Autor de este artículo es también
autor de diversas obras publicadas sobre los temas
de la salud, la realización humana, y la ecología;
incluyendo en los últimos tiempos varios trabajos
sobre el tema de la felicidad. |